Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

sábado, 5 de julio de 2014

Trenes hacia Tokio, de Alberto Olmos (Reseña nº 667)



Alberto Olmos
Trenes hacia Tokio
Lengua de trapo, 2006, reedición 2009.

Posiblemente una de las características que habría de definir a un  buen escritor fuera la consagración a erigir una obra personal. No ya original, que se aparte de los cánones o de las tendencias ruidosamente, sino la construcción de un proyecto propio, que camine por su propio sendero, que lo dibuje y que en su deambular nos haga a los lectores compartir un horizonte común. Quizá esa es una de las virtudes que posee Olmos, que escribe como Olmos.

Trenes hacia Tokio nació de las entradas en el blog personal del autor. Entradas, a modo de diario, que posteriormente fueron recogidas en formato libro. 

 En Trenes hacia Tokio, un libro fragmentario, escuchamos una única voz que  padece cierta nostalgia pero con un tono desairado, inteligente y secretamente sarcástico. En breves capítulos, primera persona (¿autoficción?), nos adentra el narrador en su cotidianidad –quizá algo hiperrealista, alienada, pero verosímil, incluso atribuible en algunos casos al propio autor- en la ciudad de Tokio y alrededores. Un profesor español que se enfrenta al mundo extraño y desquiciado de uno de los países más distintos que pueda haber de España: Japón. Y de esa confrontación cultural resultan la cantidad de anécdotas, sucesos y reflexiones que se recuentan en Trenes hacia Tokio. En dispersas y variadas situaciones: su trabajo como profesor de idiomas en Infantil, los avatares domésticos con su pareja y familia, con otros inmigrantes, japoneses que se encuentra en un restaurante, en hoteles del amor, en fiestas privadas, en trenes, en la calle, en tiendas, en la vida…

Si entendemos que Trenes es una novela habría que decir que su hilo argumental es tenue, que a modo de episodios deshilvanados, protagonizados y contados por la misma voz narrativa, se suceden y conforman su historia. El estilo es directo, despojado de excesos. Frases cortas, afiladas a veces, directas o con imágenes y aciertos poéticos destacables que contrastan con la sequedad de algunos tramos más descriptivos o puramente informativos.

Esa mirada descolocada y a la vez irónica con la que el narrador nos dibuja el mundo extraño en el que está viviendo hacen que Trenes hacia Tokio se convierta en un libro distinto, umbraliano, mordaz y lúcido.

Pedro Pujante