Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

martes, 29 de julio de 2014

Robocop, o el ultramoderno Prometeo

Existen multitud de películas que tratan, bajo una perspectiva de ciencia ficción, el horizonte de crueldad social al que nos dirigimos. Muchas se basan en novelas. Desde clásicos canónicos, como las famosas Cuando el destino nos alcance, La fuga de Logan o Blade Runner a los referentes más cercanos como Starship Troopers, Matrix o Gattaca. La distopía siempre ha resultado un recurso eficaz para obligarnos a replantear muchas de nuestras costumbres vitales y sociales. No obstante, entre todo el abanico para elegir, suelo quedarme con una proyección en particular, por su eficiencia al exponer los problemas sociales. Se trata de Robocop.

En un primer momento, el director desechó el guión por su título, excesivamente juvenil y kitsch. No obstante, su mujer lo recuperó de la papelera y, tras una lectura casual, quedó impresionada y terminó convenciendo al marido de que se trataba de una historia mucho más compleja y meritoria. Llevaba razón: terminó convertida en una de las producciones más valoradas del año (pese al bajo presupuesto) y su personaje protagonista se elevó a la categoría de icono popular.

La capacidad de ciertas proyecciones para soportar el envejecimiento se basa, sobre todo, en la vigencia de los problemas que plantean. Esto pasa con Robocop. Nos muestra una realidad más cercana que nunca a la contemporánea (ayudada también por el revival de los años ochenta que experimentamos) tanto en las ideas como en las situaciones económicas. Estamos sólo a un paso (¿quizás ya lo hemos dado?) de entregarnos a un sistema en el que la privatización de cualquier recurso dejará de un lado el interés general a favor de una clase política dominante que impone una estructura de castas, desigual e  inmovilista, muy cercana al concepto medieval. Los más desfavorecidos se encuentran a expensas de un sistema violento, donde la crueldad resulta común y deben pagar con su libertad una protección frente a bandas armadas que, a su vez, están a sueldo de las clases más altas. La trampa perfecta, sobre todo porque se presenta bajo el disfraz de una democracia nítida. La película realiza una crítica feroz al capitalismo (actualmente llamado neoliberalismo, para obligarnos a pensar que tiene que ver con la libertad de elección) en su esencia más pura y controladora. Muestra un mundo alienado, sin derechos laborales; lo más importante es el dinero, que otorga el poder. Una concepción del universo donde todo es simple mercancía, desde la ciudad a la droga, pasando por la vida humana.

La ultraviolencia supone una de las claves tanto del retrato prospectivo como del propio lenguaje de la cinta. A pesar de que vivimos una época visualmente explícita, en la que todo se puede mostrar y está permitido, la representación tanto en el plano físico (el ensañamiento de la tortura de Murphy) como del emocional y verbal (la pérdida de la humanidad, el desdén por los necesitados, etc.) siguen impactando. En Robocop, todo conflicto se soluciona por la vía explícita, directa y represiva. Una llamada de atención, sin duda, al modo de vida que llevamos: ¿nos ha dominado tanto nuestra parte animal que sólo entenderemos un mundo y un lenguaje basado en la dominación por la agresividad y la vehemencia? ¿Existe una solución pacífica a los problemas? ¿Es, precisamente, la brusquedad y el egoísmo lo que nos hace seres humanos?

La deshumanización, precisamente, es una de las claves morales de la historia. El uso del cadáver de un buen hombre, legal y moral, que se ve transformado en un cyborg (a modo de reelaboración contemporánea del monstruo de Frankenstein) para sustituir a la policía, desde el ámbito privado, y al que le han impuesto unas directrices (versión pervertida de las leyes de la robótica postuladas por Asimov), una de las cuales se mantiene en secreto y le impide rebelarse contra sus creadores. Los gobernantes (ejecutivos privados, empresarios) quieren una sociedad dócil, aborregada, que no piense. Una sociedad de humanos mecánicos que trabajen por nada, incapaces de la revuelta y el cambio, dirigidos mediante el control brutal ejercido, bien por la anestesia programada, bien por la respuesta contundente de sus grupos armados (sean maleantes o defensores de la ley, la línea entre ambos resulta muy delgada). A medida que recupera su humanidad perdida, el producto Robocop se transforma él mismo en un elemento subversivo que no encaja en el propio sistema, en una amenaza perseguida por la propia ley. Una de las mayores interrogantes que deja la historia es que, aunque se cierra con la recuperación completa de la identidad y la personalidad del sometido (sic. —¿Cuál es su nombre, hijo? —Murphy.), queda vivo el presidente de la OCP, el tirano despreocupado a quién sus seguidores deseaban reemplazar. El cambio nunca es completo. Parece que, a pesar de todo, no hay salida desde dentro del sistema. Una lección moral que recuerda, salvando distancias, al hombre que disparó a Liberty Valance.

Esta película presenta, no obstante, un elemento diferenciador frente a las de otros directores y temas comunes: su foco en el humor negrísimo como impulsor de una crítica en esa cuerda floja entre la sátira intensa y el esperpento, y que se mantenido en muchas de las otras obras dirigidas por Verhoeven. Todo se recubre con una pátina que ayuda a tomar una sana distancia con la realidad que nos rodea y nos invita a replanteárnosla. La justicia poética se presenta vestida de mofa chusca y realismo sucio: el violador que pierde los testículos por un disparo, las ingenuas enseñanzas morales a unos niños tras un despliegue de agresividad explícita, que el elemento de interfaz sea una púa extensible (la comunicación transformada en violencia y arma), que el héroe deba alimentarse con comida para bebé (símbolo de aquello en que desean convertirnos), etc. Este rasgo resulta particularmente hilarante en los anuncios televisivos, llenos de anestesia demagógica. Una demostración de los medios de control de masas como arma del poder establecido, rozando con la propaganda nazi.  


No se puede pasar por alto tampoco la épica banda sonora, a cargo del clásico Basil Polidoeris. Una perfecta compañía a una estupenda película más necesaria que nunca y que no deja indiferente a nadie. Ahora mismo se prepara una secuela que, al parecer, poco tendrá que ver con la reivindicación de la original. Una perfecta metáfora de cómo el sistema trata de integrar y pervertir las amenazas contra el falso status quo para que nadie se cuestione su validez y puedan seguir ejerciendo el control.

Como detalle visionario: la acción de la película se desarrolla en un Detroit en manos de empresas privadas y al borde de la ruina por culpa de la corrupción de los altos cargos. Hace pocos días, la ciudad real ha declarado suspensión de pagos por la total bancarrota, a causa de la mala gestión de sus gobernantes. Entre las soluciones planteadas, está el venderla a empresas de gestión privada, como sucede en la ficción con la OCP.

Quizá no estamos tan lejos de la ficción que, hace unos años, sólo parecía material rescatado de una papelera. 

Fernando López Guisado