Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

martes, 3 de junio de 2014

Obsesión



La niña pasará unos días con nosotros. Tu hija se ha empeñado. ¿Y qué puedo hacer yo? ¡No le voy a decir que no venga! Sigue creyendo que la llegada a este mundo de esa criatura fue una bendición para la familia, un motivo de alegría después de tu accidente. Incluso está convencida de que se te parece, ya ves: bajita y cuellicorta, con el cabello ralo y oscuro y la cara extremadamente redonda. ¡Sí, si, desde luego es de lo más vulgar! Pero es nuestra nieta y… ¡Claro, cariño, la semejanza es nula! Tranquilízate, querida, no es bueno para ti que te excites así. En fin, mañana la tendremos aquí. No. No debes preocuparte. ¡Sé que no debo consentir que entre en tus aposentos! Todo el mundo tiene terminantemente prohibido acercarse y en esta casa tus órdenes se respetan. ¿María? Pero si es solo una pobre ignorante que hace todo lo que le pedimos. ¡Por favor, mi amor, no empieces otra vez! María no es mala y no va a hacerte daño. No debes tenerle miedo. Comprende que tengo ciertas necesidades. Por eso está aquí, pero solo por eso. El resto de mi vida es tuyo. ¿Acaso no vengo todos los días a traerte tu comida? ¿Y el té especiado con pastas de canela que tanto te gusta tomar dos horas antes de la cena? ¿Y por supuesto, a cepillarte el cabello antes de irnos a dormir? Como ahora. Es el mejor momento del día. Podemos hablar relajadamente, hacer balance de lo sucedido, que me des instrucciones para transmitírselas al servicio, tomar decisiones conjuntas. Ojalá todo en la vida fuera tan maravilloso como este momento que paso junto a ti cepillándote la melena con el peine de plata mientras te escucho hablar sentada frente al espejo del tocador.



***

María no podía soportarlo más. Todas las noches igual. Oía a su marido encerrado en la habitación prohibida sin parar de hablar. Loco. Se había vuelto loco. O quizá ya lo estuviera cuando lo conoció. Ella no era más que una camarera de club de mala muerte en un país subdesarrollado en el que las mujeres no eran consideradas seres humanos. Harta de soportar demasiada hambre y penurias desde que era una niña le pareció que su suerte había cambiado cuando aquel hombre maduro, apuesto y serio le había propuesto que lo acompañara a su país y se casara con él. Lo que vino después fueron una serie de males menores con tal de tener todos los días el estómago caliente y un techo seguro donde vivir: tenía un armario lleno de ropa usada, pasada de moda pero de calidad y elegante, que era la única con la que estaba autorizada a vestirse; tuvo que dejarse crecer bastante su ondulado pelo castaño… Parecían únicamente manías de viejo excéntrico. Lo terrorífico fue la operación de cirugía estética facial a la que la obligó a someterse. Ni siquiera la avisó previamente. La llevó directamente a la clínica y allí la amenazó con dejarla tirada en cualquier cuneta, sin nada y por supuesto sin boda, si ella no aceptaba a cambiarse la cara. Y de la clínica salió con una cara nueva, montada en un flamante coche, en dirección a una mansión con sirvientes y un marido respetado. Su vieja cara no valía todo aquello. Por lo demás, la vida con él era fría pero correcta. En apariencia nada anormal, salvo la obsesión por aquella maldita habitación en la que todos los días entraba con platos de comida, bebidas y regalos; y le oía hablar, llorar e incluso suplicar durante horas. Su maldita naturaleza de niña de la calle: desconfiada, asustadiza, maliciosa, curiosa hizo que un día se lo jugara todo entrando en la estancia. Lo que allí vio le heló la sangre. ¡Estaba loco! ¡Había que encerrarlo! Su hija vendría mañana, ella la ayudaría con todo. A él le habían dicho que venía la niña. Cuando fuera a buscarla a la estación ellas entrarían en el aposento y harían lo debido. En el país de donde ella procedía existía una creencia popular muy arraigada que consistía en que cuando una persona fallecía solía quedar una impregnación de su energía en el lugar donde había vivido. La primera esposa de su marido había muerto en un fatídico accidente en aquella mansión. Su marido enfermó de dolor. Poco tiempo después de enterrarla obligó a construir una habitación anexa a la suya y los sirvientes comenzaron a oírlo conversar con alguien. Visiblemente preocupados pusieron el incidente en conocimiento de la señorita que no dio ninguna importancia a las supercherías de ignorantes aldeanos. No era solo el espíritu de su esposa muerta lo que moraba en aquella habitación. ¡El viejo loco la había desenterrado y la ocultaba allí! ¡Un asqueroso esqueleto con el que conversaba todos los días! Aquella descarnada calavera decidía lo que se hacía en aquella casa. Sobre esos rancios huesos lucían las mejores joyas y ropas. Y lo que era peor, ¡el esqueleto se había obcecado en eliminarla! Por precaución solía escuchar las conversaciones que el loco mantenía con el fantasma. ¡La muerta la odiaba! Era cuestión de tiempo que el viejo acabara poniéndola en la calle. ¡Y otra vez en la calle no! Y menos por la decisión de una muerta. Mañana la volverían a enterrar, como era costumbre en su país, hundiéndole antes una estaca que le traspasara el pecho y la dejara bien clavada en el suelo para que jamás volviera a salir de su tumba.


Ángeles Molina Pérez (Blanca, Murcia, 1973) Diplomada en Graduado Social y estudiante del Grado de Lengua y Literatura Españolas. Ha escrito numerosos relatos cortos como Angustia Vital publicado en 2012 e hizo su primera incursión en el teatro con su obra para jóvenes amateurs El ángel negro representada en agosto de 2012.