Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

jueves, 12 de junio de 2014

La pastilla

El dolor era tan fuerte. Oscar sentía como si un pequeño duende juguetón y con mala leche se hubiera instalado tras su ojo derecho con un jodido tambor. Y puntual, como todas las mañanas, entonaba esa sintonía machacona que aporreaba sin compasión hasta hacer el simple hecho de respirar doloroso. Pero Marta estaba ahí, como siempre. Ella conocía perfectamente aquel mal que volvía una y otra vez sin razón aparente. Como si de un castigo divino se tratara. Y Marta, como un ángel de la guarda, estaba ahí con la pastilla que ponía fin al dolor y al sufrimiento. Era una constante en su vida. Desde el día en que realizó la entrevista de trabajo para la empresa farmacéutica donde ambos prestaban sus servicios. Todo un sueño para él que ha fecha de hoy, aún no entendía muy bien el cómo ni el porque fue admitido. A veces intentaba recordar como era la vida antes de aquello, pero su mente se perdía entre una niebla de recuerdos confusos con imágenes de una sociedad caótica y en decadencia que sólo conseguían confundirlo más agudizando el dolor de cabeza. Pero Marta siempre estaba ahí, y el dolor… desaparecía. La empresa y Marta lo eran todo. Sentía que su existencia era como un dormitar eterno, pero salvo el dolor de cabeza, todo era perfecto y agradable.

Aquella mañana de miércoles el dolor de cabeza volvió a aparecer. Sentía que había descansado bien, pero daba igual, siempre regresaba a la misma hora con una puntualidad que rallaba lo absurdo. Buscó con la mirada a un lado y otro, pero resultó infructuoso. Marta hoy no estaba allí para darle la pastilla, y el dolor iba en aumento. Un dolor que por momentos se hizo tan profundo e insoportable que le hizo sentir de repente que le estallaba la cabeza.


Oscar despertó sobresaltado. Un sobresalto que dio paso a la confusión. Sintió que se encontraba en un lugar extraño, percibiendo ese regusto a boca reseca de quién ha dormido demasiado. El dolor de cabeza había desaparecido y en su lugar sintió una molestia en el brazo derecho. Intentó levantarlo, pero apenas tenía fuerzas. Quiso volver la cabeza y ver que era aquello que le colgaba del brazo, pero le fallaron las fuerzas y se dejó caer sobre la almohada. Le molestaba la luz que blanca y exageradamente potente le traspasaba agresiva los parpados. Con que ganas se tomaría un gran vaso de agua para aliviar la sequedad de su lengua. Y como por arte de magia, Marta estaba allí. Como siempre. Le acarició la frente con dulzura y le acercó a los labios el vaso de agua fresca que tanto deseaba. Tomó un gran sorbo sintiendo cómo su boca recuperaba la humedad. Seguía teniendo sed y cuando Marta le volvió a acercar el vaso para beber de nuevo, depositó en su lengua la pastilla. Oscar no sabía muy bien porque, pero le resultaba familiar esa acción, así que sin pensarlo mucho más se limitó a tomarla junto con otro gran trago de aquella agua que le supo a gloria y que le produjo una sensación de bienestar tan profunda, que sólo deseó cerrar sus ojos y dormir. De pronto… sólo le apetecía dormir.

Marta le volvió a colocar los inductores de sueños, no podía volver a retrasarse otra vez en la toma de la dosis. Pero el espécimen número veinticinco y el treinta y dos de aquella sección se habían despertado también. Lo pondría en su informe. Aquellas pastillas empezaban a no ser tan efectivas en algunos de ellos, por lo que la producción de la triosafosfato isomerasa bajaba alarmantemente, y los laboratorios pronto los sustituirían. Era una pena, le había tomado cariño a Oscar, el espécimen cincuenta, pero si no producía el número de enzimas necesarios para la fabricación del medicamento que aquel grupo selecto de la clase dirigente empezó a tomar para perpetuarse ralentizando el envejecimiento celular, prescindirían de él. Los costes de producción seguían siendo inferiores con la utilización de seres vivos. Y a aquellos desahuciados, nadie les echaría de menos.




Jesús Coronado