Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

viernes, 30 de mayo de 2014

El estatus, de Alberto Olmos (Reseña nº 649)



Alberto Olmos
El estatus
Lengua de trapo, 2009

La obra de Alberto Olmos (Segovia, 1975), a pesar de su juventud, es ya extensa y sólida. El estatus es una de esas  novelas atípicas, incluso dentro de la producción heterogénea de este enfant terrible de las letras españolas.

Tres elementos habría que destacar de este libro. El argumento, la dicción y la perspectiva narrativa. El primero, cabría decir, que no está a la altura de las circunstancias propias de la propia narración. En la novela no ocurre realmente nada, hay un poso de vacío que nos recuerda, sin querer comparar, a una obra de Beckett o incluso a algún fragmento de Kafka. (No sé si será casual que la portada imita una famosa fotografía del autor checo con su eterna novia Felice). Que no suceda nada en una narración tampoco estoy seguro de si es un elogio o un defecto, el lector lo deberá decidir. El segundo punto, la dicción, su destreza estilística está fuera de dudas. Olmos maneja el lenguaje a su antojo, es diestro, un artesano que conoce los resortes del escribiente y coloca cada palabra en su justo lugar. El estatus está bien escrita y es por eso que nos embarga una leve decepción al comprobar que un narrador tan bien dotado no haya sabido (o querido) sacarle más partido a una historia que podría haber devenido más misteriosa, enigmática, imprevisible. Para explicar esto habría que contar de qué va: básicamente, una mujer y una hija que se mudan a un extraño y solitario edificio, en el que solo habita un portero mudo y lerdo. En este contexto orbitan fantasmas, misterios, ausencias… que no llegan a fraguar, pero que de un modo latente parecen contaminar la narración. Sin embargo, los terrores o angustias que el lector podría arrostrar y padecer son rebajados por Clarita, la niña protagonista, su visión infantil de la situación y sus juegos infantiles.

Finalmente, llegamos al tercer ingrediente, que a mi parecer, es el plato fuerte de este inusual libro. Además de la narración objetiva en tercera persona, se intercalan breves diálogos de las dos protagonistas, madre e hija, que sobrevuelan y comentan esta misma narración, desde un punto de vista privilegiado y superpuesto a la misma narración principal. Este recurso, original y al comienzo de la novela desconcertante, acaba teniendo sentido y es felizmente incorporado a la misma trama, lo cual es de celebrar. 

El estatus es una novela breve de corte tradicional pero que incorpora innovaciones narrativas bastante inusuales. Aunque su argumento carezca de interés, el conjunto hace que la novela sea sugerente y que, a pesar de que pueda flojear en algún tramo, por esa falta de énfasis e intriga, no deja de resultar atractiva y bastante recomendable.

Pedro Pujante