Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

jueves, 13 de marzo de 2014

Un registro diferente


Al Maestro, Luis García Berlanga,
In Memoriam, (1921-2010).


Accedí a la oficina del Registro. El funcionario de turno ni siquiera se dio cuenta de que llegaba pues, absorto en la lectura de varios papeles que tenía entre las manos, se encontraba medio escondido detrás del mostrador.
-Buenos días -recuerdo que le dije en voz baja; no pretendía molestar.
-Oh -me contestó el burócrata un tanto sobresaltado-, disculpe, no le he oído entrar. Enseguida lo atiendo -y ordenó sus hojas en un pulcro montoncito para después añadir-. Dígame, ¿en qué puedo servirle?
-Sí, mire. Venía por un certificado de defunción -expliqué.
-Indíqueme, si es tan amable, los apellidos y el nombre del finado.
-Dos mil, los apellidos, y el nombre: once.
-¡Claro! Ya decía yo que su cara me era familiar. Usted es...
-El hijo, sí.
-Permítame expresarle mis condolencias. Todos en esta oficina lo acompañamos en el sentimiento -dijo el funcionario llevándose la mano derecha al pecho.
-Muy agradecido -correspondí.
-Y dígame, ya que está usted aquí, ¿no querría llevarse también su certificado?
Me pareció no haber oído bien, por lo que le pregunté:
-¿Mi certificado? ¿Se refiere usted, por casualidad, a mi propio Certificado de Defunción?
-Claro, hombre; en esta oficina no se expide otro -aclaró el burócrata, para añadir a continuación-. Recuerdo que su padre me dijo esas mismas palabras, en el mismo tono y poniendo la misma cara. Es curioso lo rápido que pasan ustedes –y la mirada se le perdió por la inmensidad de las dependencias acompañada de un suspiro.
-Pues no sé qué decirle -le contesté asombrado. No, asombrado no, aterrorizado más bien-: por una parte ahorraríamos un viaje, pero por otra... Usted nos conoce: somos una familia un tanto supersticiosa -justifiqué.
-Ya lo sé, ya. He entregado el «Documento» a muchos de ustedes y me precio de conocerlos bien. Aunque, si me lo permite, le recomendaría recoger ahora su certificado; total, la fecha ya está puesta. Mire, aquí lo tengo: debidamente cumplimentado, firmado y sellado.
Me mostró una cuartilla amarillenta adornada en los bordes con arabescos y filigrana.
-Hombre, visto así... La verdad es que eso de tener la caducidad señalada de antemano tiene sus pros y sus contras. Por ejemplo, si sabes ya cuándo te «va a tocar», puedes planificar tu vida al milímetro... -comenzaba a explicar cuando el encargado me interrumpió:
-...Más que al milímetro, al segundo, diría yo. Son magnitudes distintas, ¿no cree?
-Sí, por supuesto, al segundo, al segundo. Pero, como le decía, por otra parte es un tanto angustioso conocer la Fecha de uno con tanta antelación. ¿No le parece?
-Pseee,... no sabría muy bien decirle -el funcionario preparaba otra de sus argumentaciones-. Angustias las hay de muchas clases: figúrese usted que a alguno de nosotros, a mí en concreto, que soy de los que no conocen aquel dato; figúrese digo que en un par de horas, al salir por esa puerta y cruzar en el primer semáforo... ¡ZAS!... llega un conductor despistado y me echa los sellos al «Documento».
Tanto la onomatopeya como el juego de palabras del hombre lograron herir mis oídos. Además, aquella conversación había comenzado ya a producirme una suerte de urticaria por todo el cuerpo. Decidí abreviar:
-Mire, la verdad es que llevo un poco de prisa. Si es tan amable y me facilita el certificado de mi padre... Bueno, de acuerdo, y el mío también -y aún no me explico la razón, pero el caso es que me envalentoné y añadí-: ¡Qué demonios! Y ya que estamos en ello, retiraré además el de mi hijo trececito -confieso que me recuerdo diciendo aquellas últimas palabras con un pelín de sorna.
-Oh, cuánto lo siento -me respondió el funcionario, al tiempo que volvía a tomar los papeles que había estado leyendo anteriormente y con los que había formado un pulcro montón-, pero me temo que ahí no voy a poder ayudarlo. Precisamente estaba leyendo la última circular del Ministerio al entrar usted, y ya le anuncio que para el año que viene habrá cambios: CAMBIOS DRÁSTICOS -enfatizó el burócrata subiendo su tono de voz por vez primera-, por lo que me veo en la obligación de comunicarle que aún no tenemos preparado el certificado de su hijo... Me da que no va a ser tarea fácil; cosas de la crisis y el fin del mundo, ya sabe.

Ramón Zarragoitia