Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

martes, 3 de diciembre de 2013

Pequeño experimento



El otro día tuve una idea, la pensé cuidadosamente hasta que decidí comentarla durante la cena. Mi idea estaba relacionada con un pequeño árbol que se encuentra delante de la casa. Es un   lindo arbolillo japonés, pequeño y delicado, pero han comenzado a caérsele las hojas.


Cuando me siento en mi portal, me concentro en observarlo. Mi arbolillo está comenzando a morir, y esto me tiene muy angustiada. No quiero que muera de esa forma tan solitaria, con sus hojas perdidas, volando por la inclemencia del viento que no permite que se queden cerca del árbol; fue así que decidí recogerlas y colocarlas en una cesta roja que había sido de mi abuela cuando ella se dedicaba a coser. Era un canasto, bonito y muy bien conservado. El asunto es que quiero recopilarlas para cuando el árbol muera poderlas enterrar todas juntas. 


Me parece una  gran falta de consideración dejar que las hojas se esparzan por la acción del viento y el arbolito quede solo y triste sin los atributos que el Señor le dio; no obstante, cuando lo dije en la mesa, todos,  absolutamente todos me miraron como si yo fuera un bicho extraño. Mi padre empezó a vociferar, diciendo que no había oído antes un pensamiento más descabellado. Mi madre le pareció rotundamente una locura. Mis hermanos me miraron y comenzaron a reírse y a tachar de estúpida mi idea. No hubo nadie de la parentela  que se atreviera a respaldarme y como no entendí la reacción de los miembros de la familia, me la pasé mascullando todo el día. 


Determiné cancelar mi  proyecto sobre mi arbolito japonés pero me obsesioné con la palabra idea y las maneras de ser  interpretada por los humanos, debido al alcance de  su definición y la posibilidad de encontrar una descripción redonda que permita rodar y rodar en los vericuetos del pensamiento. Una noche se me ocurrió ir al diccionario y buscar una buena explicación  de aquel vocablo, y en mi Pequeño Larousse ilustrado encontré:


Representación de una cosa en la mente. Modo de ver. Creencia / intención: cambiar de idea/Concepto literario o artístico. Imagen. Recuerdo. Representación. Tipo eterno de cuanto existe en la filosofía  platónica. Ingenio. Habilidad del hombre. Manía. Imaginación extraterrestre. Estar dormido con una idea. 


Luego que leí todo esto, tan instructivo y aleccionador, quedé en lo mismo. Había tantas definiciones y laberintos para andar que no me permitían tener un concepto claro y preciso;  esto hacia que me confundiera fácilmente.  Decidí hacer una pequeña investigación; pero eso sí,  debía apoyarme lo más posible en los métodos científicos descriptos y como soy novata, busqué algunos libros tratando de dilucidar como iba a manejar la situación. Pero encontré que todos estaban llenos de palabrería y conceptos, de manera que no permitían que entendiera nada de nada. Solo en un sencillo libro sobre método encontré algunas precisiones que me podrían guiar.


Decidí simplificar todo, por lo que me dije debo tener una muestra que sea representativa de la población, así que seleccioné varios lugares donde iba ir a buscar los datos: una escuela primaria, una escuela secundaria, la casa donde se reunían las personas mayores, también elegí el centro de trabajo de mi padre.  De esta manera tenía una buena muestra para mi investigación. También me propuse  medir el peso, el tamaño, el  olor, el sabor, y otros atributos. 


Al otro día salí a la calle a cumplir mi propósito. Me  armé de alfileres largos, unas agujetas que habían quedado olvidadas en el cesto de costura de mi abuela, una red para cazar mariposa, y como remate  mi cesta roja. También me vestí  para la ocasión, me puse unos pantalones  largos con muchos bolsillos, gorra de grandes viseras, y unas botas altas para poder mitigar cualquier situación. 


Así empezó mi aventura. Si  me encontraba en un ambiente de niños, cuando escuchaba que  alguno decía  la palabra idea, me abalanzaba sobre ella, la enganchaba con los alfileres y la colocaba cuidadosamente en la cesta. A veces,  en mi afán de agarrar el vocablo, tropezaba o me caía al suelo estrepitosamente, provocando que los niños estallaran  en carcajadas. Esto me granjeó la solidaridad de los pequeños, me veían muy divertida y amena ya que los hacían reír con facilidad, algo difícil en estos días tan complicados. 


En otras  ocasiones la idea – o lo que es lo mismo, la palabra-se me escurría de entre las manos, como un pescado baboso; entonces tenía que hacer acopio de mi fuerza moral para no caer abatida por el asco que me causaba cuando estaba en presencia de ella, me tapaba la nariz y procuraba no fijarme mucho en su aspecto para  colocaba sigilosamente en mi canasta. Otras veces tenía que disimular mi intención, sobre todo cuando estaba en presencia de los adultos; por otra parte, con los niños no tenía que encubrirme, ellos me ayudaban cuando había una idea que salía volando y no se dejaba prender, ni tan siquiera por la red de cazar mariposas. Entonces la atacaban en bandada, hasta que la idea caía al suelo totalmente agotada y se dejaba coger. Mientras, los adultos me observaban con mis movimientos erráticos y difíciles de entender, y movían de un lado a otro la cabeza con una sonrisa socarrona en sus labios. Yo rápidamente guardaba la caza con mucha cautela  en mi canasta roja.  Eso sí, yo no aclaraba en ningún momento lo  que estaba haciendo con mis alfileres largos y las agujetas y la red.


 Me encontré con muchas ideas. Unas inocentes, suaves, sumisas, fáciles de atrapar;  otras eran rebeldes, porfiadas y recelosas. También había algunas que eran maliciosas y perversas.  Tuve que  luchar con muchos obstáculos para llegar a mi objetivo.  Estuve a la caza  alrededor de un mes pues  me pareció que ese tiempo era suficiente, y porque recolecté muchas  ideas. Ya tenía alrededor de mil.


Ahora tenía  que pasar a la  segunda parte, analizar los atributos del vocablo idea. Comencé pesándola; pero para sorpresa mía, no hubo dos que pesaran ni remotamente aproximado. Había muchas que me costaba un gran esfuerzo sacarlas de la canasta, otras eran tan ligeras que tenía miedo de tocarlas ante la posibilidad de que salieran volando con la brisa de la tarde. 


Luego de hacer una gráfica con colores y ornamentos, que me lleno de ilusión, encontré que existía correspondencia entre el peso y la talla, me percaté que el alumno de la universidad que se la daba de ser muy docto, tenía una  idea liviana y casi microscópica. 


Definido lo del tamaño y el peso de la idea, pase al otro aspecto que era medirle los colores.  Me divertí mucho porque había de todos los colores, blancas, azules, rojas, negras con diferentes matices y tonalidades. Algunas cuando las tocabas cambiaban rápidamente sus colores, o cuando se acercaban entre ellas.  Tenían la costumbre de hacer un movimiento como de aleteo, pienso que por su   intención de salir volando del cautiverio en las cuales las tenía confinadas. 


Porque  según era cierto que algunas eran dulces, con sabor a chocolate, a menta, a anís, a yerba buena, había muchos sabores y otros sabores, las había saladas y también algunas muy amargas y eso hacía difícil catarlas.


Para probarla las echaba en un vaso con agua, dejaba que se remojaran unos instantes y luego saboreaba el líquido. Tomé  las muestras muy diluidas, porque no podía saborear el agua por lo ácida o amarga. Tuve que idear una forma para catalogar el dulce, el amargo, lo salado, y lo ácido que se ajustara  al objeto de mi estudio. Lo catalogué del 1-10, aquella que tenía  unidades de 10 de amargo quería decir que era peor que el almizcle. 


 Tuve que concluir que las ideas podían ser tan diferentes que no encontrarían  dos personas  que pudieran entenderse íntegramente, que era imposible lograr una coincidencia de ideas porque según se iban exponiendo, se iban transformando, y  cuando entraban de una forma se convertían, al salir, en otra; que tenían el arte de la mutación y la metamorfosis. Y ante esta situación tan perturbadora determiné hacer una exposición en la familia.


Al día siguiente, a la hora de la cena, temblorosa y con las manos sudando comencé a contarles con lentitud todo aquello tan maravilloso que había encontrado. 


Los vi alzar la mirada desde sus platos, extrañarse, como si fuera de otro mundo, antes que mi padre comenzara a decir:


-          Pero qué muchacha tan rara…Pero tan rara.


La familia asentía, repitiendo a coro la palabra rara. Me quedé sin saber qué decir,  y cuando pude levantarme de la mesa salí corriendo a buscar mi Pequeño Larousse Ilustrado abriéndolo por la letra R. 

Blanca Caballero
Relato e ilustración