Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

viernes, 1 de noviembre de 2013

Lo desorden, de VV.AA- La Orden de Finnegans (Reseña nº 568)

VV.AA.: La Orden de Finnegans

Lo desorden

Alfaguara, 2013

Para comprender el título de esta obra y la autoría que se esconde tras la Orden de Finnegans se precisan ciertas explicaciones.

En 2008 un selecto grupo de escritores crearon esta hermandad literaria, a mitad de camino de la broma, la inspiración literaria y la complicidad. Su único propósito consiste en venerar el Ulises de James Joyce. Es decir, aplaudir ese sector de la literatura difícil en contraste con aquella otra vacía de contenido y calidad que suele ser más comercial y fácil. Sus obligaciones, según recojo de su página web son: ‘Los miembros de esta orden se obligan a venerar la obra (el Ulises) e, indefectiblemente, asistir a Dublín cada 16 de junio en una jornada de Bloomsday que acaba en la Torre Martello (donde se inicia la novela) en Sandycove, donde leen unos fragmentos. En ese mismo acto se nombra a un nuevo caballero. Tras la ceremonia caminan hasta el pub Finnegans en la vecina población de Dalkey donde dan fin a su acto anual.’

Entre la nómina de caballeros que firman esta antología se encuentran: Enrique Vila-Matas, Eduardo Lago, Antonio Soler, José Antonio Garriga Vela, Jordi Soler, Malcolm Otero Barral, Emiliano Monge y Marcos Giralt Torrent. 
 
El título, Lo desorden, es un compuesto de evidentes resonancias joyceanas, una construcción sintáctica errónea que trata de poner de manifiesto esa condición del lenguaje elástica pero artificiosa que estamos obligados a trascender.

Dicho lo cual, pasemos a comentar su último libro conjunto, esta antología de relatos, cuyo tema elegido es la infancia.

Son ocho cuentos que parten de la premisa de bucear en la ‘niñez reñida con la nostalgia’ de sus autores. Dos de ellos, ¿Te comerías un capullo de magnolia? de Enrique Vila-Matas y el intitulado de Eduardo Lago tienen ciertas concomitancias, a pesar de ser narraciones totalmente distintas e incluso opuestas en algunos puntos. No obstante, los dos textos se apoyan en el recurso de la metaficción, haciendo alusiones a la propia antología en la que se inscriben, abundando en detalles biográficos, más o menos borrosos, falsificados o cogidos prestados, y creando los textos más complejos, interesantes y atractivos del volumen. 
 
Soler en El pájaro se adentra en un espeso monólogo de connotaciones tropicales en el que el despertar sexual acontece teñido de brutalidad, violencia y dureza. Una confrontación entre la niñez más descarnada y la despiadada brutalidad de la propia vida.

En la crónica que firma Giralt Torrent, nieto del genial Torrente Ballester, asistimos a un sinfín de anécdotas, algunas claramente extraídas de su propia biografía, revestidas de profunda reflexión y matizadas por la influencia imborrable que la distancia con su padre ejerció sobre él. Un relato conmovedor sobre el fin de la inocencia con elevadas dosis de sinceridad titulado Subirse a los árboles.

El relato de Garriga Vela, Casa de socorro, es la historia de un niño marcado por la fatalidad, por las enfermedades y la tragedia. Un paseo por una infancia nada complaciente en la que el determinismo y la mala suerte se solapaban, y que, ahora, visto desde el presente, se tiñe de nostalgia.

Malcolm Otero Barral en Mi infancia olía a alcohol parece apoyarse en elementos de su propia experiencia para trasmitir esa sensación de extrañeza que produce la amistad, el sexo y la propia familia.

Emilio Monge opta en Conocí por una composición más lírica y fragmentaria en la que la violencia está muy presente; y Antonio Soler nos habla de una infancia poblada de terrores en La mano del mundo.


En la mayoría de estas historias se desprende la fricción que resulta de enfrentar memoria con ficción, es decir, realidad recordada y fantasía añadida, vida real y vida imaginada. Es este el peaje por bucear en los túneles del pasado, de aquel lugar remoto llamado niñez y que volcado en la pantalla de la literatura es deformado, magnificado o enrarecido en un intento de preservarlo como paraíso espiritual. 
 
Relatos de gran calidad, de diferentes facturas y de acaudalado torrente de sensaciones estéticas y emotivas.

Pedro Pujante