Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

sábado, 12 de octubre de 2013

Donde se guardan los libros, de Jesús Marchamalo (Reseña nº 560)



Jesús Marchamalo
Donde se guardan los libros
SIRUELA, 2011


Quienes ya conocen a Jesús Marchamalo (Madrid, 1960) de sobra saben que es un periodista bibliófilo, voyeur de bibliotecas y apasionado de la literatura. Estos tres atributos son al menos los que nos conciernen e interesan como lectores-observadores de este interesante volumen titulado Donde se guardan los libros, es decir, las bibliotecas.

Realiza Marchamalo un paseo por las bibliotecas personales de veinte autores españoles contemporáneos: Pérez-Reverte, Vila-Matas, Landero, Gamoneda, Vargas Llosa,  Trapiello, Merino, Javier Marías, Fernando Savater... Cada biblioteca es distinta de la otra pero en casi todas se respira el mismo ambiente de amor denodado hacia los libros, la pasión manifiesta por la literatura y el asedio, a veces implacable, de estos libros, de la letra impresa encajada en multitud de volúmenes que se van apoderando del resto de la casa y la van tomando lenta pero inexorablemente, que diría Cortázar. Explican, en este sentido Vargas Llosa, Antonio Gamoneda o José María Merino, que son incapaces de tirar un libro, lo cual hace en algunos casos que la biblioteca se torne jungla inexpugnable e invasora.

Cada biblioteca, a pesar de sus similitudes, es distinta de la otra. Algunas están regidas por el orden, como es el caso de la de Javier Marías, quien asegura que, a pesar de que posee libros inencontrables o una primera edición del TristramShandy firmada por el propio Sterne, no es un bibliófilo: ‘nunca compraría un libro que no estuviera dispuesto a leer’ afirma el escritor madrileño, autor de una de las mejores traducciones de esta emblemática obra. A Zúñiga le ocurre, como a muchos otros, que los libros le desaparecen, quizá  diluidos por el exceso; y otros como Francisco Rico prefieren donarlos a su universidad. Comenta Luis Mateo Díez que tuvo que comprar un ejemplar de El jardín de los Finzi-Continisabiendo que ya lo tenía porque era incapaz de dar con él. Quién sí se presenta como un bibliófilo es Luis Alberto de Cuenca, quien ya de joven sufrió una decepción al tratar de comprar sin éxito un ejemplar de Doctor Jekill y Mr Hyde que había visto el día anterior: el librero la había vendido ya. Las palabras de Abelardo Linares, editor y librero, nos sirven para hacernos una idea de su biblioteca: ‘Desengañate, Luis Alberto, tu casa es ya una librería de viejo’. 

Algunos escritores, como Carmen Posadas,  optan por anotar cada libro, subrayarlo  o incluso desarmarlo hasta hacerlo un manojo de hojas sueltas, como es el caso deLuis Landero. Landero además tiene una biblioteca móvil en el maletero de su coche. Otros prefieren nomanchar o marcar los libros con anotaciones. Vargas Llosa, quien posee una infinita biblioteca repartida por diferentes ciudades, tiene la costumbre de puntuarlos. Ficciones de Borges obtuvo un 19. Hoy, confiesa Vargas Llosa, le pondría un 20.

Los libros de todas  estas dilatadas bibliotecas parecen remitirnos a una sola biblioteca de Babel que contuviese el universo y todas las literaturas existentes. Libros desordenados, alineados simétricamente, en orden alfabético o por nacionalidades o idiomas. Libros nuevos y actuales o viejos y clásicos, que en el caso de Clara Janés, deben ser leídos con una mascarilla debido a su alergia al polvo.

Al final de cada capítulo de este singular y curioso libro, a mitad de camino entre la entrevista y el ensayo, se ha interrogado a estos veinte escritores sobre sus obras literarias preferidas en tres categorías: universales, contemporáneas (a ser posible en español) y propias. El resultado es otra biblioteca sugerente e interesante que el lector curioso no dejará de apreciar.
Este paseo por veinte bibliotecas es además un viaje por los recuerdos de sus dueños, por la memoria literaria y vital de amantes de la literatura y su relación más íntima, apasionada y privada; una invitación por sus más personales laberintos, ya que como afirmó Richard F. Burton, el hogar es donde se guardan los libros.

Pedro Pujante