Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

jueves, 26 de septiembre de 2013

Bienvenidos al paraíso (aforismo de misantropía)



I

Todos los hombres son estúpidos, pero nobles. La mujer carece de nobleza. Somos las herederas de una Eva despechada, es más que lógico que ellos sean así: en la ignorancia y en el desinterés de indagar en nuestra verdadera naturaleza son felices.

II

Todas las mujeres, sin excepción, son unas decepcionantes mentirosas. Y sí, también yo. Y mis hermanas, y mi madre. Y ésta última, la que más: me prometió que ser mujer es un regalo del cielo. Y yo sólo veo mucha mierda en el suelo que piso.

III

Existen tres tipos de hombres: el insensible, el que tiene pavor al compromiso, el que sólo entiende del instinto de su entrepierna. Y tres tipos de mujeres: la que se conforma, la dominante, la triste sumisa. La anónima, Lilith y Eva. Desde tiempos remotos, la humanidad permanece inmutable.

IV

En clase de religión decían que todas éramos Eva. Eva, que nació a partir de una costilla masculina, que fue compañera leal hasta que devoraron la manzana. Por castigo divino, tenemos que ser esclavas de Adán. Pero yo ya me liberé. Soy como Lilith: puta, pero libre.

V

El demonio, dentro del cuerpo de la sibilina, tentó a Eva con un sabroso fruto. ¿Y si realmente la serpiente era Dios, que quería quedarse solo en el paraíso? Dios es un padre desnaturalizado y egoísta. La soledad es condición inherente del ser humano: estamos arrojados al mundo.

VI

Lo dice la Biblia: Adán y Eva se complementan. Yo soy una Eva desorientada: no recuerdo la última vez que un Adán me complementó. 

VII

Complementar en el sentido de encajar: el hombre encaja en la mujer gracias a su miembro. Dos piezas de puzzle perfectas, aparentemente: hay huecos que ninguna polla jamás podrá llenar.

VIII

Las mujeres somos piel, los hombres son piel. La comunión de las pieles es la unión más perfecta: la piel se transforma, se adapta, profundiza, devora, ama. Blasfemia para los recatados: me da igual que me castiguen por ser tan honesta. La palabra no demuestra: la piel, sí.

(Poema de “Yo soy lo que dicen mis manos”).

Ana Patricia Moya
Imagen: Lilith, de John Collier