Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

viernes, 23 de agosto de 2013

Brañaganda, de David Monteagudo (Reseña nº 541 )



David Monteagudo
Brañaganda
Acantilado, 2011

Apostado en la vereda de la infancia, desde la óptica de un niño de un pueblo remoto de la Galicia profunda, el narrador, treinta años después de unos extraños y turbadores acontecimientos que estremecieron su aldea natal, desgrana una historia que bordea la crónica costumbrista pero que, gracias a algún elemento fantástico, extraído del folclore gallego, consigue despertar el interés del lector y atraerlo a una narración con dosificados elementos sobrenaturales y escenas climáticas bien pergeñadas.
David Monteagudo (Lugo, 1962), tras publicar Fin y Marcos Montes, se atrevió con una novela de corte clásico en la que se nos narra la geografía e historia de Brañaganda, un territorio ficticio enclavado en la Galicia franquista que vivenció Orlando, protagonista principal y narrador de esta fábula.  

Los acontecimientos que se presentan en Brañaganda se atienen a un planteamiento bastante afín a la narración popular: un pueblo, en las noches de plenilunio, comienza a ser asediado por el lobishome, es decir el hombre-lobo, arquetipo de la literatura de terror que en la tradición gallega ocupa un lugar primordial. La bestia se ceba con las hembras, sembrando el pánico. El hecho de que sus víctimas sean solo mujeres (al principio de la historia) dota a los ataques del lobo de cierta carga sexual y morbo.  El niño-narrador es testigo de los acontecimientos y gracias a la primera persona la novela cobra visos de verosimilitudseudobiográfica. No obstante, si bien en algún tramo la intensidad de la narración decae y se torna monótona, hay algunos momentos álgidos que merece ser rescatados. Por ejemplo, la noche en la que los varones adultos (todos los que podrían ser anónimos licántropos) se encierran en una habitación en espera de la metamorfosis inesperada de uno de ellos; la travesía en la noche de Orlando, su hermano pequeño y su madre embarazada en busca desesperada de un médico que la asista en el inminente parto; o el encierro obligado que produce una larga, insólita y dura nevada. 

Monteagudo, paralelamente al relato del lobishome, desliza otras postales, con personajes peculiares del terruño, que sirven de soporte narrativo a la novela y que configuran el universo íntimo y cerrado de Brañaganda. Isabel Freire, mujer adinerada, misteriosa y culta que contrasta con los campesinos del lugar. La joven y voluptuosa Cándida, niña que irá creciendo a lo largo de la novela para llegar a ser uno de los elementos principales de la misma. El propio narrador, Orlando, que junto a su peculiar familia,(formada porsus hermanos, su madre la maestra y el padre, hombre culto y de férreos valores), se presentan como el eje protagónico de la historia. De hecho, el padre, don Enrique, representa la parte racional y lúcida, frente a la creencia popular encarnada por el resto de la vecindad de Brañaganda. Y es este otro de los temas que plantea Monteagudo: la dualidad entre realidad y ficción, entre superstición y ciencia, entre creencia popular y hechos empíricos. Una tesis que impregna toda la narración de dudas. Porque, al final del relato, no sabremos con certeza si el lobishome es un ser de carne y hueso, un demente o una simple bestia engrandecida por la imaginación febril de los aldeanos.

Es posible, que el marcado carácter moralizadormerme levemente el valor literario de Brañaganda. Y que sus personajes, aunque bien descritos y justificados dentro de la narración sufran un excesivo esquematismo, un deliberado aplanamiento que los torna previsibles. No obstante, Brañaganda se deja leer con facilidad y demuestra que Monteagudo es un gran contador de historias, un narrador con presente y porvenir y con un estilo potente que todavía no ha escrito su mejor obra.


Pedro Pujante