Revista de creación literaria en busca de creadores del mundo

lunes, 18 de febrero de 2013

Crónicas del Mar Menor y cuentos de sirenas

Fue jugando a bucear en el Mar Menor, hace algunas décadas, que me encontré por primera vez y cara a cara con un caballito de mar. Lo reconocí de inmediato, porque lo había visto en muchas ocasiones dibujado en los libros de cuentos que tenía en casa, junto a otros seres que viven en las profundidades del mar, las sirenas. Entonces hice una deducción harto lógica: si hay un caballito de mar aquí, debe haber sirenas cerca. Y durante mis infantiles veranos a orillas de nuestro paradisíaco mar, me dediqué a buscarlas.

Los cuentos de tradición oral que escuchaba a mis mayores, en aquellos tiempos sin televisión, no contenían elementos marinos y puesto que crecí en la huerta de Murcia, los seres acuáticos mas comunes que conocía eran las ranas (otro día hablaremos de príncipes metamorfoseados). Así que me fascinaban aquellos maravillosos seres submarinos, que seguro debían vivir en aquel inmenso, lejano y cristalino Mar Menor. 
 
Estrenando mi habilidad de leer, lloré y lloré sin consuelo mientras leía la versión original de “La sirenita” (aún a salvo de Disney), aquella que sacrificó lo más bello de sí, su voz, para conseguir a su príncipe y que en un acto de generosidad, renunció incluso a su existencia, con tal que él fuera feliz. Y aunque como contrapartida consiguió un alma inmortal, esto no consoló a la niña que yo era, que se preguntaba, ¿si esto es un cuento, cómo es que no termina bien?

Mucho más tarde, en La Odisea, comprobé que las sirenas no siempre habían tenido cola de pez y que no eran tan bondadosas como la que nos describió Andersen. Incluso la expresión “cantos de sirenas” no tenía precisamente el tinte romántico que yo le asocié. ¿Sería cierto que las sirenas eran malvadas? 
 
Mientras comento en voz alta lo que escribo, un amigo me contesta: “Es su naturaleza”. No respondo. Sonrío al comprobar lo fuertemente integrados que tenemos algunos mitos en nuestra cultura.

Saltar del lago de las sirenas de Peter Pan, a los escritores de aventuras solo fue cuestión de tiempo, aunque nunca abandoné mi gusto por los cuentos de tradición oral, y los ilustrados con algo más que versiones edulcoradas. De hecho tengo un recuerdo imborrable de mí misma, adolescente, espigadísima, sentada en aquella sillita de la sala infantil de la Biblioteca Regional de Murcia, por entonces en Alfonso X, sobrándome piernas por todos lados y disfrutando de un bellísimo álbum ilustrado de Pinocho, en el que no había sirenas, pero si una ballena, enorme, como son las ballenas.

En esa adolescencia me atreví a surcar la superficie de todos los mares, guiada por Stevenson, Salgari, Melville, Defoe, Espronceda (aún recito de memoria su canción del pirata), con la única excepción de Verne, que me condujo por las profundidades.

Gracias a esos escritores, subir a los balnearios que salpicaban la playa de Los Alcázares y que el viento me diera en la cara, tenía otro sabor. Sabía a salado, a aventura, a libertad, ¡ay quien pudiera ser rescatada por un capitán pirata (aquí haría algún comentario mi psicóloga), salir en busca de tesoros y quien sabe si conocer a alguna sirena!

Allá en la juventud, nadando entre un trabajo y otro, y tras conocer a algún pirata de verdad (a veces hay que pensar muy bien lo que una desea, ¡que razón tiene mi psicóloga!, pero de piratas hablaremos otro día), sin una decisión expresa, las casualidades de la vida me permitieron regresar a estos paisajes marinos de mi infancia. Recalé en Santiago de la Ribera y trabajé con vistas al Mar Menor durante años. 
 
Ahora me viene a la memoria el cuento “Piel de foca, piel del alma” (1), que no habla exactamente de una sirena, mitad mujer, mitad pez, sino de una mujer que vive en el mar, bajo su piel de foca. Un hombre le roba su piel y promete devolvérsela a cambio de que viva con él durante un tiempo. Ella acepta pero él no cumple su promesa. Como para ella es necesario vivir en el mar, poco a poco va perdiendo su vitalidad. Es el hijo de ambos quien encuentra la piel y se la entrega. Ella vuelve al mar y recupera la salud y su vida. Cuento muy poético, con muchas posibles interpretaciones, como todos los cuentos. Sin embargo, ¿qué pasó con el hombre?, me preguntaba una mujer cuando terminé de narrar esta historia, en una contada ante un público exclusivamente femenino. Lo que para mi tenía final, para ella era algo inacabado. Por entonces yo prefería preguntarme ¿cómo va esto de las relaciones?

Es otro cuento, “La esposa sirena” (2), recogido por Calvino, el que nos da una posible respuesta y nos habla de dos esposos que se quieren. Él es marinero y su esposa pasa mucho tiempo sola. Por cosas de la vida, ella le es infiel y aunque pide perdón a su marido, este la arroja al mar para que se ahogue. Unas sirenas la salvan y la acogen en su mundo. El marido que aún la quiere, se arrepiente de lo que ha hecho, pero ya es tarde. Tiempo después su barco se hunde y su esposa, ahora sirena, lo salva de morir ahogado. Ambos se siguen queriendo, pero ella pertenece al mundo de las sirenas. Tras pagar ambos un alto precio, regresan de nuevo a tierra para vivir juntos de nuevo, habiendo aprendido a colaborar para mantener su vida de pareja. Así que, ¿se trataría de colaborar?

Bueno, regresar a las orillas del Mar Menor era estar en casa y como el lugar lo facilitaba, decidí aprender a navegar por mi misma, en vez de esperar a capitán alguno, pirata o no. Y fue en la escuela de vela del Club Náutico Mar Menor donde mi monitor de vela ligera, que no me era indiferente, me enseñó bien el arte de navegar: llevar el timón, aparejar y trimar velas, arbolar un snipe, abocar y volver a adrizar un vaurient, los vientos y los rumbos. ¡Ah! Y a bajar la cabeza a tiempo, para que no la golpee la botavara cuando la vela mayor traslucha. Allí, cada tarde de sábado, los alumnos, amigos y monitores de la escuela montábamos nuestra pequeña y particular regata con destino al puerto Tomás Maestre: el último pagaba los asiáticos, que en algunos días de invierno eran absolutamente imprescindibles para recuperar el calor.

Recuerdo que en el cuento, “El príncipe Alí y la reina de las sirenas” (3), en su comienzo la sirena en cuestión, no es princesa, sino reina. Es bella, sabia y poderosa. Cuando encuentra al príncipe Alí, él está enamorado de una princesa “ideal” aunque aún no la conoce físicamente. La reina de las sirenas, ama al príncipe Ali y no utiliza su belleza para seducirlo, ni su magia para someterlo, ni su sabiduría para manipularlo. Solo le otorga al príncipe la facultad de convertirse en mujer (los psicoanalistas disfrutan mucho con estos pasajes, pero de esto hablaremos otro día), para que pueda acercarse a su princesa y conocerla realmente y después elija a quien prefiera de las dos. Alí se decide por la reina, ya que la princesa no resultó ser tan ideal. Y así, reina y príncipe deciden libremente convertirse en compañeros. Es el príncipe, en este cuento, quien adquiere el rango de rey.

Esta mañana, el puente del Tomás Maestre, se abrió a las diez en punto, para dejarnos pasar. Pensábamos navegar rumbo a la isla de Tabarca, pero la previsión es de viento de levante fuerza 3-4. Eolo ha decidido por nosotros, el capitán (no, no es pirata), que es mi esposo (¿se acuerdan de mi monitor de vela?), y yo pensamos que no se debe iniciar una travesía con viento en contra. Así que ponemos proa a La Azohia. 
 
Tabarca y La Azohia son los lugares más cercanos donde aún hoy las aguas son claras y los peces se acercan a los bañistas. Si alguna sirena se aventurara por este litoral, para curiosear cerca de nuestro barco, escogería sin duda alguno de estos fondos.

Este verano cayó en mis manos “La familia animal” (4), otra historia con sirena. Ella es libre, inteligente, espontánea y alegre. Se deja sorprender y disfruta de las cosas pequeñas de la vida. Mantiene fluidamente su relación de pareja, sin perder su espacio. No es un relato heroico, no hay nadie con quien luchar, nada que reparar. Solo vivir el momento.


Por mi experiencia vital puedo contestar algunas preguntas: a veces los cuentos, como en la vida, no terminan bien y que las relaciones entre hombres y sirenas, son difíciles, pero posibles. Pero después de leer y contar muchos cuentos, ignoro cual es la verdadera naturaleza de las sirenas. Solo sé que las hay de muchas clases: míticas y efímeras, adolescentes y adultas, malvadas y bondadosas, felices e infelices, y podría añadir muchos más adjetivos. A veces son una mezcla de varios de ellos. Quizá haya tantas como los autores, lectores, narradores u oyentes, recrean cada día.

Hoy el Mar Menor, no tiene sus fondos de arena, formando microdunitas, ni sus aguas transparentes, no hay zorros viviendo bajo sus piedras, ni cangrejos paseando por la playa, ni caballitos de mar nadando en sus aguas (sí, sé que hay intentos de repoblación, pero es que lo veo difícil). El medio se ha degradado, el fondo ha quedado colonizado totalmente por el alga conocida popularmente como oreja de liebre y sus aguas han sido invadidas por las medusas. Las hay a miles. Si ofrecieran la suficiente flotabilidad, en algunos días de verano, se podría ir caminando sobre ellas, como poco, desde Los Alcázares hasta la isla Perdiguera (5), y aunque la mayoría no tienen tentáculos urticantes, de vez en cuando se cuela alguna que sí (en fin, eso son cuentos de miedo, y de eso hablaremos otro día).

Siempre que navego, nado o buceo, busco rastros de sirenas, ya que creo firmemente que existen y no pierdo la esperanza de encontrarme con ellas. De lo que he perdido completamente la esperanza es de encontrar un solo caballito de mar en mi ahora tristemente deteriorado, y aún bello, Mar Menor.
 
Carmen Clemente Abenza (Lorquí, 1958). Cuentacuentos especializada en tradición oral y género. Actriz y guionista. Su último guión, para espectáculo de danza, será estrenado en Teatro Circo de Murcia, el 6 diciembre 2012. Ha sido antologada en Los martes de luna llena. Ha publicado en Ágora papeles de arte gramático..




(1) “Piel de foca, piel del alma”, versión de Clarissa Pinkola Estés, de su libro “Mujeres que corren con los lobos”.
(2) “El príncipe Alí y la reina de las sirenas”. Versión de Ana Cristina Herreros, de su libro “Cuentos del Mediterráneo”. SM
(3) “La esposa sirena”. Versión recogida por Italo Calvino en su libro “Cuentos Populares Italianos”. Siruela.
(4) “La familia animal”. Randall Jarrell. Alfaguara.
(5) El Mar Menor tiene cinco islas: Barón, Perdiguera, Ciervo, Sujeto y Redondela.
Para comprobar lo que digo sobre el deterioro del Mar Menor, solo tienen que acercarse a su orilla.